Un discurso de los más lucidos de los últimos tiempos en la ONU


Por Lic. Marco Aurelio

El Rey Mohammed VI de Marruecos marcó las diferencias en la ONU al fijar los criterios para la valoración del patrimonio tangible e intangible de las naciones y los fundamentos para una verdadera y genuina cooperación internacional al desarrollo.

Mohammed VI

Lo hizo en un discurso progresista que dirigió el 26 del presente mes de septiembre al plenario de la 69 Asamblea General de Naciones Unidas, que trata como tema central el “desarrollo humano sostenible”.

Afirmó que el “desarrollo humano sostenible” que está en el corazón mismo de las prioridades de la ONU es un factor medular y punto nodal donde convergen todas las demás consideraciones, sobre todo cuando se trata de lograr el necesario equilibrio entre los imperativos del desarrollo y las exigencias de la protección ambiental y la preservación de los derechos de generaciones venideras.

En su discurso, el Rey Mohammed VI volvió a insistir sobre la importancia de considerar al “capital inmaterial como criterio fundamental para medir la riqueza de los países y proceder a su clasificación” y recordó que el capital intangible de un país se basa, según estudios del Banco Mundial, en todos aquellos factores que influyen de manera decisiva a la hora de elaborar las políticas públicas.

Por este motivo, aseveró, el progreso de los países no debe ser sometido a ningún tipo de certificación. Al contrario, debe ser tratado como un proceso histórico basado en las acumulaciones positivas de cada país, respetando sus propias especificidades.

El discurso real es uno de los pronunciamientos más lucidos de los últimos tiempos, que raras veces se dan, al que fácilmente pueden suscribir los demócratas y progresistas, los intelectuales y pensadores y la gran mayoría de los dirigentes políticos de América Latina y del Caribe.

El discurso real no es un alegato en defensa de las grandes causas de Marruecos, ni un profuso elogio de los progresos logrados por el Reino en la senda de su desarrollo.

Más bien, es un llamado de atención en defensa de los derechos históricos e imprescindibles del conjunto de los países en desarrollo muy especialmente de África, y que, por lo demás, pone de manifiesto el inobjetable liderazgo del Soberano.

“No estoy aquí, hoy, para exponerles la experiencia y las realizaciones de mi país. A lo que he venido es hacer un llamado a la equidad para con los países en desarrollo, particularmente en África, un llamado a una aproximación objetiva de la problemática del desarrollo en este continente”, dijo el Monarca.

El Rey habló claro, con voz continental, en apoyo a las causas de la Patria grande africana víctima por décadas de múltiples atropellos de parte de las potencias coloniales.

Y es a los países africanos que el Rey de Marruecos dedicó gran parte de su discurso para aclarar que el problema del desarrollo en el continente  “no es inherente a la naturaleza o las aptitudes del hombre africano, quien dio muestra de su capacidad en dar y crear desde el momento en que encuentra las condiciones apropiadas y se libera del pesado pasivo que le legó el colonialismo”.

El problema tampoco está ligado a la naturaleza de la tierra o al clima, a presar de su rigor en ciertas regiones, pero sí, imputable a una dependencia económica arraigada, a la insuficiencia de incentivos, a la escasez de las fuentes de financiamiento y a la ausencia de un modelo de desarrollo sostenible.

Dos llamados hizo el Rey en este sentido a la comunidad internacional. El primero por el respeto de las especificidades de cada país, particularmente de aquellos que siguen padeciendo los efectos perversos del colonialismo y el segundo en pro de un mayor realismo y entendimiento de las circunstancias que marcaron los respectivos procesos de los Estados hacia la democracia y el desarrollo.

El Monarca dejó muy en claro, sin embargo, que por el hecho de evocar los efectos negativos del pasado colonial en el continente africano no se pretende juzgar a nadie sino lanzar una sincera invitación a propiciar la equidad entre países.

Más adelante, recordó el contenido del discurso que pronunció el pasado mes de febrero en Abidjan, Côte d’Ivoire, cuando dijo que lo que más necesita África no son las ayudas humanitarias, sino contar con sus propias potencialidades y con partenariados mutuamente ventajosos y una cooperación basada en el respeto mutuo.

Tales fundamentos quedaron patentados en los importantes acuerdos de cooperación que Marruecos concluyó con varios países del continente africano.

El Soberano mencionó en particular el Acuerdo Estratégico suscrito con Gabón para la producción de fertilizantes, a fin de contribuir a la seguridad alimentaria en un continente que dispone de grandes reservas en tierras no explotadas y que representan el 60% del total mundial.

Este es, dijo, el “modelo original de cooperación entre los países del Sur” que propone Marruecos y que pone de manifiesto, una vez más, la capacidad de los africanos a promover su desarrollo sustentado en sus potencialidades y en el aprovechamiento de sus recursos propios.

También recordó que el desarrollo sostenible no se decreta a través de decisiones o recetas hechas y tampoco debe existir un solo y único modelo en la materia porque cada país tiene una trayectoria que le es propia, en consonancia con su evolución histórica, su patrimonio civilizacional, sus recursos naturales y su capital humano, junto con sus peculiaridades políticas y sus opciones económicas.

“Por lo tanto, mi primer llamado es por el respeto de las especificidades de cada país, en su recorrido nacional, y de su voluntad de edificar su propio modelo de desarrollo” y esto vale más para aquellos países en desarrollo que siguen padeciendo los efectos del colonialismo el cual obstaculizó el proceso de su desarrollo durante muchos años y causó grandes prejuicios en regiones que estuvieron bajo su tutela.

El colonizador explotó las riquezas y alteró profundamente las costumbres y culturas de los pueblos, cultivó los germines de división entre las componentes de un mismo pueblo y sembró las semillas del conflicto y de la discordia entre Estados vecinos.

Los colonizadores tienen por lo tanto una responsabilidad histórica en la situación difícil, inclusive dramática, que viven ciertos Estados del Sur, en particular en África y a la vista de los efectos perversos del colonialismo, ningún derecho asiste a los Estaos coloniales para exigirles a los países del Sur cambios drásticos y rápidos conforme a un diseño ajeno a sus culturas, principios y posibilidades, como si el desarrollo no pudiera existir fuera del modelo occidental.

El segundo llamado que el Rey hizo a la comunidad internacional es en pro de un mayor realismo a la hora de tratar con los países del Sur, dadas las circunstancias que marcaron sus respectivos procesos hacia la democracia y el desarrollo.

De hecho, los países occidentales obstaculizan la natural marcha hacia el progreso africano y tanto estos países como “las instituciones que de ellos dependen, sólo saben dar muchas lecciones y, en el mejor de los casos, unos cuantos consejos”.

En cuanto al apoyo que aportan es muy escaso, siempre condicionado y en la mayoría de los casos sujeto a las certificaciones que por lo general son supeditadas a condiciones imposibles.

 “El mundo de hoy está en una encrucijada: o bien la comunidad internacional aporta su apoyo a los países en desarrollo, para que puedan avanzar y garantizar la seguridad y la estabilidad de las respectivas regiones, o que tengamos todos que soportar las consecuencias del avance de los demonios del extremismo, de la violencia y del terrorismo, alimentados por el sentimiento de injusticia y exclusión, y de los que ninguna parte del mundo podrá escapar.

Sin estabilidad no se puede lograr el desarrollo y no puede haber desarrollo sin estabilidad, dijo el Rey. Son factores interrelacionados y relacionados con el respeto de la soberanía e integridad territorial de los Estados y la dignidad de los pueblos.

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