Paz en Colombia, paz para el Sahara


La paz en Colombia alienta a imaginar alternativas y metas alcanzables para otros conflictos como el del Sahara. Lo fundamental sería encontrar un camino novedoso que posibilite acabar con el sufrimiento y el penoso desgarramiento de muchas familias saharauis.

El acuerdo firmado el 23 de junio en La Habana preserva la unidad de Colombia y reconoce la supremacía del Estado nacional. Es lo fundamental, lo irrenunciable. Todo el resto estuvo sobre la mesa de negociación, siempre y cuando se respetaban las leyes y el ordenamiento constitucional.

Colombia ha dado pues el buen ejemplo, aunque mucho no hay que esperar en esta línea de pensamiento de parte de los mentores del separatismo saharaui instrumentado por el Frente Polisario y apoyado por personas, grupos e intereses ajenos a la zona.

De hecho, el problema mayor en el conflicto del Sahara no es la intransigencia de un Polisario ahora más desmoronado que nunca, sino la permanencia del inaceptable plan primario que la vecina Argelia puso en marcha hace cuatro décadas para desestabilizar a Marruecos.

Ciertamente, Argel ya no cree en la solvencia de una entidad saharaui “independiente” hecha a medida. Pero sigue alentando el separatismo como política de Estado. ¿Llegará el día en que sus dirigentes harán el noble gesto de ayudar a encaminar el proceso de paz en el Sahara?

¿Tendría un nuevo gobierno en Argelia la entereza y la grandeza del expresidente venezolana Hugo Chávez facilitando el diálogo y las negociaciones de La Habana? Tras la recién desaparición del jefe vitalicio del Polisario, ¿aceptaría la nueva dirigencia del movimiento separatista el reto de trabajar sinceramente por el bienestar de los propios confinados en los campamentos de Tinduf?

El camino de la paz en Colombia no fue fácil, pero ha sido posible desde el momento en que todos los colombianos empezaron a creer en la reconciliación. La suscripción del primer “Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera” fue el preámbulo del deseado final que hoy el pueblo colombiano sale a festejar.

Sin duda, ese conflicto fue más duro, dramático y mil veces más sangriento que el que se ha instrumentado en el Sahara desde 1975. La guerra civil en Colombia duró más de medio siglo con un indeterminado número de víctimas en ambos bandos, en su inmensa mayoría civiles.

Afortunadamente, “no hay mal que dure cien años” y, aunque Colombia llegó herida y tarde a la reconciliación, valió el esfuerzo de buscar la paz. En eso, el presidente colombiano Juan Manuel Santos hizo su parte de la tarea. Flexible pero exhibiendo dos elementos claves en su estrategia negociadora: la unidad del pueblo y la fortaleza del ejército y de las fuerzas de seguridad.

¿Y por qué no reconocer el rol facilitador de la vecina Venezuela en el proceso? El expresidente Hugo Chávez, jugador de primera línea en la región, cumplió con creces antes de su muerte en marzo 2013. Quizás por vanidad más que por coherencia en el discurso, pero creó las condiciones para propiciar el dialogo. Comprometió su ascendiente personal, incentivó a la guerrilla a abandonar las armas y acompañó el proceso negociador. No se puede esperar menos de la dirigencia argelina para poner fin al conflicto del Sahara.

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