Argentina: en el juicio al diputado De Vido todos ganaron y todos perdieron


Por Horacio Raña

El pasado miércoles 26 de julio, la Cámara de Diputados de la Nación argentina dio una muestra más de lo que significa en la práctica la “corporación política”, al evitar que se expulsara de su cuerpo a uno de los miembros más cuestionados: Julio De Vido.

El personaje en cuestión no es un diputado más. Fue, durante toda la trayectoria política de los Kirchner –la de Néstor como gobernador de la provincia de Santa Cruz y posteriormente como presidente de la Nación y la de su esposa, Cristina Fernández en sus dos presidencias- el tesorero, el recaudador, el cancerbero de los secretos mejor cuidados que permitieron edificar con solidez millonaria la carrera política del matrimonio.

El arquitecto De Vido gozaba de la plena confianza de Néstor, quien lo puso en Santa Cruz primero y en el país después a cargo del Ministerio de Infraestructura. Es decir del área que se encarga de todas las licitaciones para las obras públicas. Mucho dinero, adjudicaciones poco transparentes y controles laxos que sirvieron para solventar bolsillos políticos y privados.

Cristina nunca lo quiso, pero haciendo gala de su incomparable pragmatismo aceptó mantenerlo como ministro en sus ocho años de presidente porque el negocio debía seguir funcionando y, sobre todo, porque el hombre conoce al detalle todos los secretos del House of Cards argentino.

Y no vaya a ser cosa que por despecho se le ocurriese hablar. Se sabe que no hay nada mejor para recuperar la memoria que ser dejado de lado, olvidado después de haber prestado servicios a una causa durante más de 30 años…

Como sea, el fiel Julio acompañó los 12 años de presidencias kirchneristas y como recompensa le otorgaron en 2015 la candidatura a diputado nacional para que siga haciendo política. Y para tener los fueros necesarios que le impidieran a la Justicia actuar como se debe frente a un procesado. Porque ese es el otro “detalle”: De Vido enfrenta varios procesos que podrían depositarlo en la cárcel si fuese el ciudadano común que no es.

Concretamente está procesado al menos en cinco causas, la primera de ellas con serias posibilidades de ser condenado a 8 años de prisión por la muerte de 51 personas en la denominada tragedia de Once, el choque de un tren sin frenos que develó una trama de corrupción ferroviaria y la entrega discrecional de subsidios a las empresas que por entonces regenteaban esa línea de ferrocarril que une la Ciudad de Buenos Aires con el oeste del conurbano bonaerense.

Las otras causas judiciales que acorralan a De Vido son la compra de trenes a “precio oro” siendo que eran de descarte en España y Portugal; la oscura renovación de los contratos ferroviarios en condiciones perjudiciales para el Estado argentino; la política de subsidios a empresas de ómnibus; enriquecimiento ilícito; y favores en la entrega de obras públicas a favor del empresario kirchnerista Lázaro Báez, actualmente en prisión.

Con todas estas medallas colgadas de su fuerte cuello, un sector de la Cámara de Diputados impulsó su expulsión de esa institución haciendo uso del artículo 66 del Reglamento, que habla de “inhabilidad moral” para ejercer la función. Algo probadamente comprobado en De Vido.

Sin embargo volvió a suceder algo a lo que la clase política argentina nos tiene acostumbrados: cerraron filas en torno al personaje acorralado judicialmente e impidieron que se alcanzaran los dos tercios de los votos necesarios para expulsarlo. En este caso votaron junto con los diputados kirchneristas varios de sus pares socialistas y los cuatro trotskistas, que ratificaron su permanente pérdida de norte al hacer política contra el sistema y terminar siendo siempre un engranaje útil del mismo.

Cristina Fernández no abrió la boca durante las semanas que duró la discusión hasta llegar a la votación, pero dio la orden para que todos sus diputados defendieran a De Vido. Aunque tuvieran que taparse la nariz y evitar vomitar en el recinto. No vaya a ser cosa que le soltaran la mano y a Julio se le ocurriera hablar…

Extraña posición la de la ex presidente, ya que aún se recuerda cuando en el año 2001, siendo ella senadora, esgrimió los mismos argumentos pero en contrario para pedir la expulsión del entonces legislador Raúl “Tato” Romero Feris.

“Incorporar a un ciudadano (al Senado) con múltiples procesos (judiciales), todos ellos con motivo del ejercicio de la función pública agregaría un escándalo difícil de superar y heriría de muerte las posibilidades de reconciliar esta institución con la sociedad”, dijo el 14 de diciembre de 2001 la entonces senadora Cristina Fernández de Kirchner. Insólito aunque no sorprendente, teniendo en cuenta la habitualidad con la que la ex presidente suele acomodar discursos y argumentos según le convengan.

“Estos son mis principios, pero si no les gustan tengo otros”, inmortalizó el humorista Grouncho Marx hace ya muchas décadas. Cualquier semejanza con la realidad kirchnerista, no es casualidad…

Ahora bien, ¿perdió el oficialismo que impulsó y no logró la expulsión de De Vido? ¿Ganó el kirchnerismo porque logró evitarlo? Cada uno hará su propia lectura favorable y más en tiempos electorales como los que se viven en Argentina, pero la realidad es que todos ganaron y todos perdieron.

El kirchnerismo ganó por las razones expuestas, aunque terminó siendo un triunfo pírrico donde ninguno de los muchos diputados que hicieron uso de la palabra en la maratónica jornada haya sido capaz de defender la honorabilidad del cuestionado De Vido. “Soldado sí, tonto no…”, explicaban por los bajo.

El oficialismo, en tanto, perdió la votación pero logró reforzar ante la sociedad que su “lucha inclaudicable” es contra la corrupción, al tiempo que blande a los cuatro vientos los nombres de los diputados que otorgaron inmunidad judicial a De Vido para así diferenciarse de ellos.

Y en medio de todo esto, la sociedad asiste azorada a una lucha política de la que no se siente partícipe a pesar de ser actor principal, ya que su voto decide quién es electo o no como legislador. De Vido –al igual que al ex presidente Carlos Menem, actual senador que va por su reelección a pesar de haber sido condenado en segunda instancia a 7 años de prisión por la venta de armas a Croacia y Ecuador en los años ’90- están en el Congreso por el voto popular.

Cada uno debe hacerse responsable de sus acciones y en caso de no poder repararlas, tratar de no repetirlas. Por ejemplo, en las próximas elecciones legislativas del 22 de octubre Cristina Fernández se postula a senadora pese a tener 298 causas judiciales por corrupción en los tribunales federales. No votarla sería una buena oportunidad para evitar escribir una nota similar a ésta dentro de unos pocos años.

 

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