Historia familiar: Viejo patio


Oscar B. LLanes Torres*

Tengo que concluir esta historia familiar, que llega en forma de vendaval que debo darle evasión, ruego disculpen y cada quien retorne a sus añejas casas familiares, me daré por satisfecho y así cumplir el objetivo diseñado, agradezco la paciencia y el heroísmo de llegar al final de estas recordaciones.

En el laberinto de mis recuerdos, mi mente poblada de situaciones, acontecimientos, rostros y lugares, cada cual en su instante de marco común.

Con  nitidez viene a la pantalla de la memoria reflejada la casa familiar, construcción del siglo xix, para ser exacto 1848, paredes de adobe de cuarenta centímetros de espesor, puertas de “jacaranda” con figuras labradas sobre temas del diario vivir, un sombrero de la época conviviendo con un árbol, reuniendo en torno, gallinas y otros animales domésticos, la de un campesino y su material de trabajo, una asada y un balde, todo reluciente con el  barnizado de exquisito brillo, ricamente labrado, que indiferente los transeúntes pasaban, salón siempre abierto, de construcción elevada, el techo con maderas y adobes daban un especial frescor al rigor del verano paraguayo, hombres y mujeres trabajan en un amplio recinto, en la maquina “Singer”, planchas grandes cargadas de carbones de rojo color de fuego, dando calor para planchar los materiales confeccionados en la Sastrería “El Arte” de Don Martin LLanes, dando los últimos detalles de su creación, dando instrucciones a los oficiales y ayudantes, a los aprendices curiosos, yendo y viniendo cumpliendo mandados, asimismo, veo a jóvenes mujeres cumpliendo tareas diseñadas por mi mamá Amada Torres de LLanes, confeccionando ropas de novias para casamientos, camisas sociales y deportivas, agitadas damas para cumplir los compromisos, la señora Chinita Martinez, Elba, Vicente,  Adolfo todos hermanos, veo a la bella y esbelta dama Deolinda Cantero, Elsa, la discreta y activa Rosa, Petrona Patiño, Nélida Martínez  y su papá el Jefe del taller Don Feliciano Martínez con su equipo, Oscar Cáceres y Taurino Miranda, respectivamente, la elegante tía Celsa desfilaba siempre bien puesta con sus tenidas de última moda, muy coqueta habitualmente.

Después del inmenso salón, las habitaciones de mis padres con escasos muebles, solo los indispensables, una radio General Electric de gran tamaño y excelente sonido, con sus acumuladores para recibir las señales de las emisoras del país y del exterior, varias revistas de modas masculinas y algunas para el gusto femenino esparcidas sobre una pequeña mesa para todo servicio, un guardarropa de buen gusto obra del carpintero Don Cantero, algunas sillas y sillones muy confortables para el descanso de mis padres en una rueda de “tereré” infusión de yerba mate con agua fría en verano y agua caliente en invierno, ahora conocido como “mate” que argentinos , uruguayos y brasileños  llevaron este hábito después de la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay en 1865 a 1870, al lado la habitación de mis hermanas, Blanca Elena y Teresita De Jesús, en confortable ambiente de desaliñado buen gusto.

Luego viene el enorme patio, de un cuadrado perfecto, que se divide en dos escenarios, bajo un tupido parral con frutos que cuelgan durante los fines de año, con una cocina construida para muchos miembros de la familia, éramos como 19 personas, incluyendo los primos, hijos e hijas de los hermanos de mi papá, la tía Avelina y sus hijos e hijas que compartían con nosotros y haciendo con que la casa tuviera una agitada convivencia, de ruidosos señales de la presencia de niños y niñas, todos bajo el comando de Doña Antonia la ayudante de mi mamá y de Don Pascual, que cuidaba de las vacas lecheras de la familia y que mi madre le daba un buen uso vendiendo diariamente la famosa “leche caliente”, recién ordeñada, un aljibe (pozo para nosotros) repleto de agua y el “bocal” cubierto de helecho, con un recipiente que colgaba de una ruedita para buscar el agua en su oscuro y profundo misterio.

El otro escenario tenía cuatro plantas de ovenia, árbol frondoso, de hojas verdes y grandes, en cada esquina, un entorno de jazmines, de aroma tradicional, el jardín de mamá Nena, rosas, lirios, helechos, su planta preferida era las elegantes calas, un nicho de material para su pesebre de fin de año, y un portoncito auxiliar para las entradas y salidas de las personas cuando finalizaba las actividades en la sastrería El Arte, de un raro color verde, nunca entendí el color. Después, la habitación que se utilizaba como la sala, de escasa visita, salvo la llegada de un familiar distinguido o un político amigo de papá, al lado se comunicaba con el comedor, una mesa grande para 19 personas diarias, en la cabeza papá, Don Martin LLanes y a su lado Doña Nena, Amada Torres de LLanes, y el resto de la familia, era una alegría única, un silencio repentino cuando llegaba el jefe de la casa, después, las charlas, risas, comentarios, rumores sobre política y casos sociales de los acontecimientos urbanos y rural, contiguo a la habitación de visita y el conocido cuarto de los muchachos, el mío y de Rubén Antonio, un poco más al fondo el portón grande, para el ingreso de las vacas y la habitación que ocupaba Don Pascual Talavera, y el tordillo del primo Pablito que descansaba bajo el frondoso y enorme “yvapovo”, bajo cuya sombra jugábamos los niños, también estaba un aljibe de diminuto tamaño y servía para almacenar agua para los animales, vacas y caballos.

Tengo que concluir esta historia familiar, que llega en forma de vendaval que debo darle evasión, ruego disculpen y cada quien retorne a sus añejas casas familiares, me daré por satisfecho y así cumplir el objetivo diseñado, agradezco la paciencia y el heroísmo de llegar al final de estas recordaciones.

* Diplomático (J) Profesor Universitario Paraguayo

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