General Hamilton Mourão, la voz de conciencia

Brasil: jaque mate al árabe


Por Hassan Achahbar

El coloso sudamericano jamás cayó tan bajo, desde los tiempos del imperio. ¿Será que después de sus tropiezos iniciales el Brasil del presidente Jair Bolsonaro todavía puede aspirar a ser “facilitador” entre las partes en el conflicto de Oriente Medio tal como desea su vicepresidente, Hamilton Mourão.

Es cierto que Mourão, General de cinco estrellas, coincide en pocas veces con la forma en que el gobierno Bolsonaro encara la política exterior del país por su declarado alineamiento automático con los llamados “países centrales”, en especial Estados Unidos e Israel. En el caso Palestina, tema que maneja exclusivamente el “canciller de facto”, diputado Eduardo Bolsonaro (hijo), el general Mourão recuerda para todos cuantos disienten de su visión estratégica que “Brasil siempre se ha guiado por la búsqueda de una solución pacífica y concertada para la ocupación del territorio”.

En entrevista al portal ANBA, por cierto bastante manoseada por el editor del órgano de la Cámara de Comercio Árabe-Brasil (CCAB), el militar retirado ve “una muy buena y muy grande aproximación entre Brasil y los países árabes”. Subraya que entre el 5% y el 6% de la población brasileña (unos 12 millones) es de origen árabe.

En velada crítica a la política alineada del presidente Bolsonaro, el General Mourão asegura que Brasil mantiene “buenas relaciones con los países del Medio Oriente y el norte de África, sin ningún problema”, así como “un intercambio dinámico con prácticamente todos los países” (de la región).

Entre el oficialismo, el general es la voz más autorizada para intentar poner cierto freno al absurdo. No comparte el giro abrupto operado en la posición de Brasil con respecto al conflicto israelí-palestino desde enero 2019. Jair Bolsonaro, excapitán expulsado del ejército por indisciplinado no es ni político ni economista y tampoco entiende del complejo manejo de las relaciones internacionales. Para grandes asuntos de política exterior, acude a su hijo Eduardo (un Rasputín en versión brasileña) y a su gurú, el astrólogo Olavo de Carvalho, otro extremista radicado en Estados Unidos. Ambos personajes son la perdición de Brasil y la enajenación de su soberanía.

Eduardo Bolsonaro, de 35 años, ahora propuesto para el cargo de embajador en Washington sin poseer para ello la menor experiencia diplomática, ha recibido el visto bueno del gobierno de Estados Unidos pero enfrenta un fuerte rechazo en el Senado donde su nombramiento es objetado por la oposición, además de un requerimiento en la justicia pidiendo la anulación de la designación.

El hijo del presidente oficia de “canciller paralelo”. Su última misión como tal ha sido un viaje a Abu Dabi supuestamente para discutir con los emiratíes del comercio, de la cooperación, de la venta del avión Embraer KC-390, aunque el motivo principal fuese la situación política en el Medio Oriente y las tensiones geopolíticas en el Golfo. “Existe una preocupación por Irán. Un temor a la creciente tensión, principalmente debido a los últimos acontecimientos, las sanciones de Estados Unidos por el programa nuclear iraní”, dijo al ortal ANBA.

El aún presidente de la Comisión de relaciones exteriores de la Cámara de diputados, habría recibido garantías de sus interlocutores para tener la total certeza de que “los árabes no harán nada en contra de la decisión de trasladar la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén” porque ésta “es una cuestión de soberanía”.

“Es una decisión del presidente. Creo que no hay problema con eso. Por supuesto, implica cierta controversia, pero es una promesa de campaña que el presidente Jair Bolsonaro cumplirá y eso no debería llevar tanto tiempo”, indicó el diputado.

La misma certeza lo lleva a suponer, además, que no hay “ningún tipo de animosidad con el mundo árabe, incluido el traslado de la embajada a Jerusalén occidental” y que después de la gira árabe de su padre “cualquier tipo de represalia por parte de los países árabes por el traslado de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén será revocada”.

Aun así y pese a las aseveraciones del diputado-canciller y las supuestas complicidades, hasta aquí todo ha sido complicaciones y más errores de los cuales la diplomacia brasileña padecerá por mucho tiempo. El dilema de los Bolsonaro es como cumplir un compromiso asumido y públicamente reiterado y al mismo tiempo pretender minimizar el posible desgaste sufrido por el malestar generado entre los vecinos.

Encajonado en el Congreso por la extrema derecha, Bolsonaro cede en lo esencial y parece repetir burdamente el error cometido en los 90 por Carlos Saúl Menem, el vecino argentino quien, en pleno auge del neoliberalismo, pretendió acoplar Argentina al tren de los países desarrollados. A Los Bolsonaro tampoco les alcanzaría el alineamiento sobre los “países centrales” para dejar de ser un “país periférico”.

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