Bolsonaro visita el Muro de los Lamentos junto a Netanyahu

El fugaz sueño israelí de Jair Bolsonaro


Por Hassan Achahbar

El presidente brasileño Jair Bolsonaro inició su mandato en enero del presente año dando una señal inequívoca de su alineamiento sobre la política de Estados Unidos e Israel. Todavía el 31 de marzo andaba repartiendo promesas en Israel procurando congraciarse con los círculos más reaccionarios en Brasil.

Desde su investidura, Bolsonaro buscó marcar diferencias con gobiernos anteriores iniciando una cruzada de aproximación a Estados Unidos y a Israel; países que considera aliados estratégicos en su empeño de liberar, según él, la política exterior brasileña de “las amarras ideológicas” de los gobiernos izquierdistas de Luiz Inacio Lula da Silva y Dilma Rousseff. El primer paso bolsonarista en esa línea fue romper con la tradición de los últimos años en Naciones Unidas al no apoyar la resolución anual que, a su juicio, constituye un “tratamiento discriminatorio contra Israel”.

Por otro lado, se comprometió a concretizar su promesa electoral de trasladar la sede de la Embajada de Brasil de Tel Aviv a Jerusalén, una decisión que no llegó a oficializar durante su visita a Israel. El anuncio generó malestar entre los socios árabes e islámicos, que representan un mercado de vital importancia para el sector agropecuario brasileño.

Ha sido un sueño fugaz de verano austral. Es probable que el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu no ha creído una sola palabra de su exuberante léxico discursivo y demás insipideces y exabruptos de su canciller, Ernesto Araújo.

El 5 de agosto, el diputado Eduardo Bolsobaro, presidente de la Comisión de relaciones exteriores de la Cámara, le adelantó al portal ANBA, una próxima gira de su padre por tres países del Golfo, pautada para finales de octubre. “Hablé con el canciller, Ernesto Araújo, quien me autorizó a divulgarla (la noticia de la gira árabe del presidente). Arabia Saudita, Qatar y Emiratos “serán destinos para el futuro viaje del presidente”, declaró el polémico diputado.

En buena lógica, Eduardo Bolsonaro y Ernesto Araújo han desarrollado una severa fobia al arabismo y al islamismo. Afortunadamente, está la ministra de agricultura, Tereza Cristina, quien al menos hace el intento por disimular. Entre el 11 y el 23 de septiembre Cristina hará una gira por los Emiratos, Arabia Saudita, Egipto y Kuwait.

Es de destacar que el 3 de abril, mientras el presidente Jair Bolsonaro se jactaba de su dudosa amistad con Israel, Tereza Cristina anunciaba para el 10 del mes, a modo de desagravio, un encuentro con representantes de los países árabes y de la Organización para la Cooperación Islámica (OCI) acreditados en Brasilia. Es lógico. La acefalia de la cancillería hizo que Tereza Cristina se convierta en interlocutor y enlace diplomático con los árabes.

Bolsonaro informó, a su vez, que en breve realizará una gira por distintos países de la región, en un esfuerzo por serenar los ánimos y mitigar el impacto de las reacciones adversas a sus planes, inclusive de parte de la influyente comunidad árabe de Brasil y sobre todo del sector agroexportador.

En el entorno presidencial se comentó que la cena con los diplomáticos de los países de mayoría árabe y musulmana acreditados en Brasilia, tenía como propósito trasmitir el deseo de estrechar los lazos comerciales y convencer a los socios que Brasil es “amigo de todos” los países “sin excepción”.

Difícil de tragar el cuento, desmentido en los hechos un día después cuando el propio Jair Bolsonaro voló hasta Rio de Janeiro para contar su otra historia, falsa o verdadera, a la peña de líderes evangélicos, poderoso lobby proisraelí en Brasil y con fuerte presencia en el Congreso Federal. Ante el clérigo carioca, Jair Bolsonaro volvió a reafirmarse en su promesa electoral y en el posterior compromiso adquirido en Tel Aviv de trasladar la sede de la embajada brasileña a Jerusalén.
Pese a todo, del lado árabe se guardó un silencio sepulcral frente a la parranda tropical del hermano mayor latinoamericano. Las contradicciones intrínsecas al desopilante discurso de Jair Bolsonaro bastaron para no añadir más comentarios. ¿Para qué si por carecer de visión clara o por falta de tacto diplomático el presidente brasileño quemó todas sus naves mucho antes de zarpar?

Pronto, los poderes de facto, llámense CNA, Fiesp, CCAB u otros, intentaron poner orden en el corral y sacar rédito del resbalón bolsonarita. La sigilosa pero contundente reacción de distintos intereses económicos le recordó al jefe de Estado que era hora de aterrizar en suelo firme y bajar del pedestal de la vanidad.

No es para menos. Pues, las organizaciones empresariales estuvieron entre los primeros en apoyar la candidatura presidencial de Jair Bolsonaro y hoy son requeridas nuevamente para influir en las decisiones del Congreso.

A esta altura del partido de nada servía seguir especulando sobre quien promovió la cena del 10 de abril. Tampoco era necesario rebajar el perfil oficial del acto, aduciendo que estaba “programado” desde antes de los anuncios bolonaristas.

Además del jefe de Estado y de la ministra Cristina asistieron el canciller nombrado Ernesto Araujo y el canciller de facto Eduardo Bolsonaro. Del lado OCI acudieron 34 jefes de misión mientras una media docena más prefirió perderse la fiesta. La más destacada ausencia ha sido la del representante del país petrolero del Golfo supuestamente amigo. Otra decena de países no cuenta con una embajada residente en Brasilia.

Entre los invitados, el embajador palestino Ibrahim Alzeben ha sido la voz disonante del momento. El decano del cuerpo diplomático árabe no debe caerles bien a los Bolsonaro, pero para la cena se le ubicó justo al lado del presidente, ambos solo separados por el asiento de la ministra Cristina.

Lo que son las cosas. Jair Bolsonro rechazó un pedido de encuentro en Jerusalén Este con el presidente de la Autoridad palestina, Mahmoud Abbas. Sin embargo, en Brasilia, aceptó el reto de verse cara a cara con el representante de Abbas. Es más, el profuso discurso anti-palestino del presidente cedió por la circunstancia.

En su alegato durante la cena, Jair Bolsonaro hizo votos para que los “vínculos comerciales, cada vez más, se transformen en lazos de amistad, de respeto y de fraternidad” y reiteró su interés de visitar en breve algunos países árabes.

Mejor elaborado y más centrado ha sido el de la ministra Cristina quien acertó colocar sobre la mesa lo que no se atrevió su jefe, embalado en su otra aventura medio-oriental. “Brasil y el mundo islámico están unidos por lazos de amistad sólidos y duraderos”, aseguró la ministra, haciendo hincapié en la confianza mutua construida a lo largo de más de un siglo y en la complementariedad de las economías de los socios, factor fundamental para que las relaciones comerciales sean duraderas.

“Es sobre la base de esa confianza y el dinamismo de los intercambios ya establecidos que estoy convencida de que esas relaciones tienen todo para intensificarse mucho más en un futuro inmediato”, acentuó.

También se acordó de los virtuales afectados en Brasil, sin perder de vista las sensibilidades de los demás destinatarios de su mensaje. Subrayó que “tanto los brasileños de fe musulmana, como los originarios de ese universo cultural aquí, conviven hermanados con los brasileños de todo origen y de toda fe. Y viven orgullosos de la contribución que prestan para que aquí se asienta una sociedad plural y dinámica, que tiene en la convivencia pacífica uno de sus valores fundamentales”.

Con cifras en la mano, remarcó que los países de mayoría musulmana absorben el 19% de las exportaciones agropecuarias brasileñas y que “en 2018, eso representó una cifra de nada menos que 16 mil millones de dólares”. Detalló que este monto incluye el 58% de las ventas brasileñas de caña de azúcar, el 37% de las carnes de pollo y el 23% de las carnes de vacuno, para concluir que “números así no son frutos del azar”.

En Itamaray, las cosas se miran desde otro ángulo y no hay peor ciego que el que no quiere ver. El titular de exteriores apenas acierta anotar que el encuentro con los embajadores de la OCI es “la muestra de la amistad que se consolida con todos los países” y que “el agro es una fuerza de Brasil en el mundo”.

El 8 de abril, vísperas del encuentro con los diplomáticos OCI, Ernesto Araújo, hablando por boca de Eduardo Bolsonaro, negó que existían indicios de un posible impacto negativo de los anuncios de Bolsonaro sobre las relaciones comerciales de Brasil con los socios árabes y musulmanes. Otro despiste y uno más de los desplantes a los que parece estar aficionado el nuevo inquilino del Palacio de Itamaray.

“No hay indicios de que nuestro acercamiento a Israel pueda resultar en pérdidas comerciales con los países árabes”, señaló y agregó que “hay un buen relacionamiento y existe la esperanza de que Brasil continúe teniendo esa buena relación comercial. La comunidad árabe, numerosa en Brasil, está marcada en el corazón del presidente”.

Será que para Araújo, el universo Oriente Medio se reduce sustancialmente a Israel y a algún aliado circunstancial. “Hemos hablado mucho con los países árabes de Oriente Medio (Emiratos y Arabia). Estamos seguros de que las relaciones profundas con Israel no significan relaciones más débiles con esos países”, recalcó durante una charla en la Fiesp, en presencia de su eterna sombra, Eduardo Bolsonaro.

Indicios sí los hay y muchos. Así opinan diferentes analistas locales, los industriales y los exportadores. El brasiárabe, Paulo Skaf, presidente de la poderosa Federación de Industrias del Estado de São Paulo (Fiesp) advirtió con absoluta certeza que “es esencial mantener buenas relaciones no solo con Estados Unidos e Israel, sino también con los países árabes y el Mercosur”.

Las cosas son claras en lo que a Israel concierne. Respecto a Emiratos Árabes Unidos, su canciller fue el primero en viajar a Brasilia después de la asunción de Bolsonaro, aunque quien se encargó de devolverle la cortesía no fue Araújo sino el canciller de facto Eduardo Bolsonaro.

El universo medio-oriental del ejecutivo brasileño abarca, además, Arabia Saudita e Irán. Araújo sondeó a los sauditas con motivo de la Conferencia ministerial sobre Oriente Medio, celebrada en febrero en Varsovia, Polonia.

En cuanto a Irán, las añoradas relaciones bilaterales no parecen tan sencillas como durante la anterior década. Lo sabe todo el mundo menos Araújo. Durante la presidencia de Luiz Inacio Lula da Silva (2003-2010), Irán se había colocado a la cabeza de los socios comerciales de Brasil en la región del Golfo.

A partir de 2011, Teherán buscó mercados alternativos en los países vecinos de Brasil cuando Dilma Rousseff, sucesora de Lula da Silva, se permitió criticar la situación de los derechos humanos en Irán para quedar bien con el estadunidense Barack Obama, quien visitó Brasilia en marzo del año.

“Tenemos un comercio importante con Irán, y queremos mantenerlo, ampliarlo”, comentó Araújo. No es cierto. Brasil cedió el mercado persa a sus vecinos, especialmente Uruguay, y le cuesta recuperar la confianza perdida en 2011. Michel Temer, remplazante de Roussef en 2016, hizo algún guiño a los persas recibiendo en abril de 2018 al canciller Mohamed Javad Zarif.

Los negocios con el régimen de los Ayatola se complican aún más con el alboroto causado por las gesticulaciones de Jair Bolsonaro antes, durante y después de su visita a Israel. Aun así, Araújo parrandea que “Brasil quiere contribuir a la paz y la estabilidad allí. Creemos que nuestro acercamiento a los países árabes puede contribuir a ello, por lo que debemos conocer su visión del mundo y sus preocupaciones”.

El embajador de Palestina en Brasilia y decano del cuerpo diplomático árabe, lo advirtió sin rodeos asegurando que el conflicto de Oriente Medio “no es de Brasil” por lo que los brasileños deben alejarse del mismo. “Si me permite, este conflicto no es de Brasil (…) Queden lejos de este conflicto y ganaran el mundo entero”, advirtió el diplomático palestino. 

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