Arde Santiago de Chile

Herencia española: arde América Latina


Por Hassan Achahbar

No importa cuántas manifestaciones haya en América Latina y el Caribe, ni cuantos gobiernos caigan. No es solo Haití, la pequeña nación antillana, arruinada por sucesivas dictaduras. Es todo el subcontinente que está al borde del precipicio, arde, estalla y revienta. Y si eso es noticia hoy en Chile, puede suceder con más fuerza en cualquier otro rincón de la región.

De hecho, Haití no tiene nada que envidiar a una rica Venezuela petrolera, pero igual de pobre y desfalcada, ejemplo de impunidad, corrupción, despilfarros y mala gestión gubernamental. Un país donde reina el caos absoluto inducido, monitoreado y bendecido por los barones de la “revolución” cubana en el papel histórico del castrismo de armar conflictos donde no los haya para luego usufructuar los servicios “gratuitos” prestados al bando “amigo”, en este caso la “revolución” bolivariana.

Lamentablemente, Haití y Venezuela no son casos aislados en una región atormentada y que padece, en lo institucional y en lo económico, de males endémicos arrastrados desde la época colonial. Ni Puerto Rico, Estado asociado a Estados Unidos, ni Costa Rica y México, las dos democracias más antiguas de Latinoamérica; se salvan de la maldita herencia.

Por ahora, parece que la gran excepción en la región sigue siendo Cuba cuya población permanece anestesiada, aletargada y maniatada por la férrea dictadura castrista. En cambio, la instabilidad social, política y económica aflora con inusual frecuencia y se apodera con demasiada intensidad de las calles de las ciudades capitales de Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Guatemala, Honduras, Paraguay, Perú y Nicaragua.

No cabe duda que los países latinoamericanos atraviesan, en su aplastante mayoría, por tiempos difíciles, cambiando desenfrenadamente de mal en peor, signo de una turbulencia en permanente gestación, la misma que amenaza por igual a grandes y pequeñas naciones, y pone en jaque la paz social y los planes para la integración regional.

Desbordadas por los acontecimientos, las organizaciones políticas, sindicales y sociales se derrumban como castillos de naipes por lo que dejan de operar como muros de contención social. El cuadro es abiertamente aprovechado por intereses corporativos políticos y empresariales, por grotescas cofradías religiosas y por organizaciones delictivas para debilitar aún más a las instituciones del Estado.

En esto ha contribuido también la falta de credibilidad en los dirigentes de turno y el déficit de liderazgo que solían ejercer ciertas potencias medias como Argentina, Brasil, Colombia y México, mediante iniciativas individuales o colectivas.

Son víctimas asimismo las grandes experiencias integracionistas ensayadas desde la creación del Mercado Común del Sur (Mercosur) en 1991, incluidas las más recientes siglas como Unasur (los 12 países sudamericanos) y Celac (el conjunto de los 33 países latinoamericanos y caribeños).

Por lo tanto, se entiende el clamor popular y el malhumor social que invaden la región. También se explica, en cierta forma, el rebrote de inestabilidad. El repentino avance del ultra-conservadurismo, feroz y al estilo de las dictaduras del siglo XX, no es la mejor forma de remediar el incumplimiento de las atractivas promesas hechas por gobiernos populistas de izquierda durante la mal llamada “década ganada”.  

Hoy al igual que ayer, y como bien lo describiría el escritor uruguayo Eduardo Galeano, América Latina no cesa de sangrar por sus “venas abiertas”. Los últimos capítulos de la inestabilidad doméstica los han protagonizado, este mes de octubre, tres países del Pacifico: Perú, Ecuador y Chile.

En Ecuador, las reformas económicas del presidente Lenin Moreno son objetadas desde una plataforma opositora supuestamente chavista alentada e instrumentada por el expresidente Rafael Correa a quien se le acusa de buscar perjudicar a su sucesor por haber traicionado su confianza y sus planes reeleccionistas.

En el vecino Perú, la crisis política no cierra pese a un crecimiento económico a tasas asiáticas, sostenido e ininterrumpido durante tres largos lustros. En marzo del 2018, el vicepresidente Martin Vizcarra sucede al renunciado Pedro Pablo Kuczynski (elegido en 2016 para un mandato de cinco año) al estar éste implicado en el escandalo brasileño de Lava-Jato.

En conflicto abierto con un Congreso de mayoría opositora, Vizcarra anunció el pasado 30 de septiembre la disolución del Parlamento y la convocación de elecciones generales para enero próximo. La Cámara reaccionó suspendiendo al presidente Vizcarra por “incapacidad temporal” y nombró presidenta interina a la vicepresidenta Mercedes Aráos quien juró el cargo el 1° de octubre para renunciar 24 horas más tarde.

Más al sur y de igual modo, la herencia maldita acaba por derrumbar las esperanzas de millones de chilenos. Chile ha sido durante tres décadas ejemplo de rigor en todos los sentidos. Estable en lo político y próspero en lo económico, aunque con una transición que todavía no cala del todo en los ánimos, el país transandino se vio brusca y violentamente sacudido la pasada semana por gigantescas manifestaciones, las más impresionantes desde la restauración de la democracia y el fin de la dictadura pinochista (1973-90). El 19 de octubre, el presidente Sebastián Piñeira tuvo que decretar el estado de emergencia, levantado apenas el domingo para “recuperar el camino de la normalización institucional”.   

En otro país del Pacífico, Colombia, pesa en los ánimos el rebrote del longevo conflicto armado (de más de medio siglo) y el continúo asedio infligido por grupos paramilitares a dirigentes sociales, amenazando con abrir las heridas y derrumbar las esperanzas generadas tras la firma de los acuerdos de 2016 entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, guerrilla).

Ni qué decir de las truncadas esperanzas de millones de brasileños. Hasta hace cinco años, Brasil se asomaba como potencia pujante, dinámica y moderna pero el gigante sudamericano no logró escapar a la lógica perturbadora regional. Bastó con el relevo presidencial de enero 2019 para que la triste fatalidad acabe tumbando al coloso y enterrando aquellos sueños de grandeza que se habían fraguado en el país y que los brasileños se habían permitido bajo los mandatos de Luiz Inacio Lula da Silva (2003-2010).

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