Eduardo en la Casa Blanca. El gran ausente el canciller brasileño

Brasil busca cómplices entre los socios en el Golfo


Por Hassan Achahbar

En el Brasil del presidente Jair Bolsonaro manda el clero evangélico y los pastores cariocas le deben obediencia ciega a Estados Unidos y sienten como un deber bíblico ayudar a Israel. Con la convicción asegurada de que todo estaba perfectamente planeado, los brasileños buscan cómplices entre los socios árabes del Golfo

¿Y quién lo diría? El Brasil del expresidente Luiz Inacio Lula da Silva reconoció en noviembre de 2010 al Estado de Palestina. Nueve años más tarde, el mismo país sudamericano se ha querido convertir en matador de los sueños de niños palestinos.

Eduardo Bolsonaro, “hijo maravilla” y predilecto del presidente, temido por las tiendas del oficialismo en Brasilia, exaltado en Estados Unidos y mimado en Israel, ejecuta con cinismo pero con absoluta dedicación y compromiso la voluntad del clero. Es así, como desde los altares en los templos evangélicos de Brasil, suena muy fuerte ese Réquiem por la Palestina mártir.

Eduardo Bolsonaro, una copia desechable del “Lawrence de Arabia”, sin el alma poeta del original y con fobia heredada y cultivada al musulmán, es el encargado, hoy, de seducir al árabe del Golfo. Nada lo une a los beduinos, pero él, está maravillado con el papel y disfruta viajando, compartiendo banquetes e intercambiando preciados reglaos.

El carioca, es presidente saliente de la Comisión de relaciones exteriores de la Cámara de diputados. Tenía prisa, mucha prisa porque las normas y el reglamento prohíben la reelección en el puesto. Quería volar alto con alas ajenas, prestadas en Estados Unidos e Israel.

Durante todo el año que concluye, Eduardo “Lawrence” Bolsonaro se mantuvo alejado de sus preocupaciones parlamentarias. Metió toda la carne al asador de aprendiz de diplomático, Despreció y despedazó a potenciales rivales entre los diplomáticos de carrera, ninguneó al canciller nombrado por su padre, Ernesto Araujo.

El diputado, también llamado “canciller de facto” o “paralelo”, aprovechó con autoritarismo y sin reparos, las facilidades que le brindaba el puesto de presidente de la Comisión de relaciones exteriores para sus viajes y para promocionarse internacionalmente.

Sin la embajada en Washington

Durante el año, Eduardo focalizó la atención en la agenda con los árabes del Golfo, la relación con Estados Unidos e Israel y la coordinación, al estilo chavista, de grupos conservadores en el exterior. Pese a que la justicia federal castiga el nepotismo, el presidente Bolsonaro propuso a su predilecto para el cargo de embajador en Washington, el más importante puesto codiciado por los diplomáticos de carrera. Eduardo Recibió el visto bueno de Estados Unidos en abril, apenas días después de ser propuesto. El presidente jamás formalizó el nombramiento y el compás de espera duró hasta octubre cuando el ejecutivo, se convenció de que los números no le cuadraban ni en la Comisión correspondiente ni en el plenario del Senado federal. Mientras, Jair Bolsonaro había dejado sin titular una embajada de primerísimo nivel durante casi un año. Un record histórico.

Frustrado el intento, fuertemente resistido en la oposición parlamentaria y en la justicia, Eduardo Bolsonaro, deprimido y desanimado, adoptó una actitud beligerante, incomodando al propio gobierno y a los aliados en el parlamento. De repente, dejo de ser el “hijo maravilla” del presidente para convertirse en “hijo pesadilla”. El Internet le sirvió como arma perfecta para descargar su agresividad y frustraciones. Con casi dos millones de seguidores en las redes, abrió fuego hasta contra las filas de su propio partido.  

Por si no fuese suficiente, Eduardo enfrenta un proceso en el Consejo de ética de la Cámara de diputados por apología a la dictadura, al haber amenazado a la izquierda radicalizada con la posibilidad de un nuevo “Acto Institucional” (AI) como los decretados por el régimen militar desde 1964.

En declaración difundida por los medios, comentando las protestas populares en Chile, Eduardo dijo que si la izquierda brasileña se radicaliza la respuesta puede ser “vía un nuevo AI-5”, un decreto firmado el 13 de diciembre de 1968 para endurecer la represión contra la oposición.

El decreto de referencia, el “AI-5”, permitió la persecución de los opositores, censura previa, clausura del Congreso nacional, intervención de los Estados y Municipios, suspensión de las garantías constitucionales, de derechos políticos, sanciones, demisiones, casaciones, represión, tortura y desapariciones.

El diputado se disculpó. No obstante, los legisladores aliados, sí bien se oponen a un recurso de casación de mandato, no recusan otro castigo que ponga límites a sus arrebatos autoritarios. Sugieren una suspensión de, por al menos, seis meses, tiempo durante el cual el suspendido se quedaría sin sueldo, oficina, personal y actividad parlamentaria.

A pesar de todo, Eduardo solo escucha su propia voz y la del derechista Olavo de Carvalho, gurú de la familia Bolsonaro (radicado en Estados Unidos), y solo obedece órdenes de los pastores evangélicos. Apenas cuenta con el respaldo del clan familiar.

Israel antes que nada y nadie

Tras su última gira por el Golfo y con motivo de la inauguración de la oficina de Apex en Jerusalén, el 15 de octubre, Eduardo escribió en Facebook: “Hablé un poco sobre la historia de Israel, sobre la conexión de los judíos con el territorio, con el auxilio del pastor Pedrão de la CBRio (Comunidad Bautista de Rio de Janeiro), cité la Biblia al hablar de Jerusalén (…), sobre la lucha conjunta contra el terrorismo, de cristianos que quieren cambiar la embajada y apoyar a nuestros hermanos judíos en el otro lado del mundo y concluí con la frase bíblica “quien bendice a Israel será bendecido y quien maldice será maldecido”.

Ahora que se ha quedado sin respaldo oficial mayoritario, sin apoyo partidario en el Congreso y que se ha frustrado el asalto a la embajada brasileña en la capital estadunidense, el diputado amenaza a todo aquel que se mete con él o se atreve a contradecirle.

Este es el amigo y personaje fuera de lo común para los gobernantes del Golfo, aventurero sin causa y sin horizonte, Eduardo aterrizó primero en los Emiratos, enganchado por el embajador en Abu Dabi, Fernando Luís Lemos Igreja, a todas luces operador de la política bolsonarista para todos los países miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

El árabe como sujeto consumidor

No fue amor a primera vista. En Brasil se venía trabajando en un posible acercamiento al “árabe” desde antes de la asunción de Jair Bolsonaro. Los “cruzados” entre el clero evangélico, ven en el hijo del presidente, la punta de lanza para ganar la apuesta por el “árabe”, el del Golfo, como sujeto consumidor de productos brasileños y no un socio, como inversor en proyectos armamentísticos inviables y como facilitador entre Israel y su vecindad.

En esta línea de pensamiento, el presidente Bolsonaro recibió antes de su viaje a Israel el 31 de marzo para reiterar su promesa electoral de transferir la sede de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, al ministro de asuntos exteriores de los Emiratos, Abdullah bin Zayed Al Nahayan.

A finales de noviembre, aprovechó su gira asiática para un alto en Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita, y según información no confirmada, estará nuevamente en la región el próximos  enero, por una visita a Kuwait.

Por su parte, Bolsonaro (hijo) ya recorrió los seis países del CCG en viajes auspiciados desde fdentro y fuera de Brasil y saludados por intereses ocultos detrás de las siglas de una organización sectaria inapropiadamente llamada Cámara de Comercia Árabe-Brasil.  

Tras la gira israelí del presidente Bolsonaro, su ministra de agricultura, Tereza Cristina, le tuvo amarrado para el 10 de abril, un banquete multitudinario al cual fueron convidados todos los embajadores de los países árabes e islámicos. Había que contarles algo distinto y mostrarles la otra cara de un Brasil “amigo de todos los pueblos sin excepción” para así moverle el tapete a todo aquel que finge rechazo a los anuncios bolsonaristas.

Entre tanto, en el clan Bolsonaro se seguía trabajando para ablandar la plaza emiratí. Ese mismo 10 de abril, como si todo estuviese sincronizado y cronometrado, el presidente recibió en Palacio de Planalto a una estudiante emiratí Alia Al Mansoori, adolecente de 16 años, vencedora, en 2017, de un concurso nacional.

Doce días más tarde, el 22 de abril, dl presidente recibió, también en Palacio de Planalto, a otro emiratí, Sultán Ahmed Bin Sulayem, director ejecutivo del grupo DP World, operadora global de puertos y terminales marítimos, con sede en Dubái y presente en Brasil.

Con igual entusiasmo pero sin siquiera despeinarse, los Bolsonaro lograron seducir a Qatar, que también tiene intereses económicos en Brasil al igual que los Emiratos. En cambio, les costó y les sigue costando trabajo dar con la clave para el asalto final a la fortaleza del Gran Hermano.

En efecto, entre Arabia Saudita y el Brasil de los bolsonaro no hay empatías. De ambos lados faltan sobre todo motivaciones reales y se interpone ante los dos regímenes la incompatibilidad de intereses y estilos. Aun así, el presidente brasileño intentó el pasado agosto, una primera carga, aprovechando la cumbre del G20 en Osaka, Japón, para acercarse y tantear al príncipe Mohammed Bin Salman.

La Burla

A finales de noviembre, el presidente Bolsonaro se quedó con ganas de tener una foto de álbum con el rey de Arabia Saudita, con motivo de su gira por el Golfo. Días antes, el hijo Eduardo, fiel a su carácter irreverente y desalineado, reaccionaba mal a lo previsto y esperado. El diputado fue demasiado impulsivo y brusco hasta con los amigos. En primera persona, denunció que “nunca” vio “a ningún jeque y a ningún líder de algún país” de la región oponiéndose al traslado de la embajada brasileña a Jerusalén.

“Yo, en particular, jamás lo tomé en serio porque, yo, nunca vi a ningún jeque y a ningún líder de algún país de aquí de la región hablando mal del presidente Jair Bolsonaro o diciendo que iba a tomar represalias contra los productos brasileños una vez concretizado ese traslado, hecho que yo, Eduardo, en particular, doy por sentado. La pregunta no es si, sino cuándo ocurrirá el traslado de la embajada”, le dijo a un portal de Sao Paulo.

Eduardo no tiene madera de diplomático. No obstante, sigue con su juego, sin importarle el “árabe”. En realidad, no hizo sino repetir lo que su padre dijo en su visita a Israel, el 31 de marzo, de que la apertura en Jerusalén de una oficina de la Agencia brasileña de promoción de exportaciones e inversiones (Apex) era el primer paso para trasladar la embajada, actualmente en Tel Aviv.

Respaldado y confiado, Eduardo seguía con los planes clericales y el 15 de octubre, anunció una nueva gira, esta vez de “cortesía”, por los otros tres miembros del GCC: Omán, Bahréin y Kuwait. El objetivo declarado, menos ambicioso, era de informarse más sobre dichos países y conversar sobre temas de comercio e inversiones.

El 25 de noviembre, cinco días antes de emprender el viaje, el embajador de Kuwait en Brasilia le organizó en su residencia, un almuerzo con los jefes de misión de los seis países del CCG. La gira se llevó a cabo entre el 8 y 14 de diciembre. Pero una semana antes, el 30 de noviembre, Eduardo amaneció en Abu Dabi sin previo aviso. Asistió al Día nacional de los Emiratos y conversó con el príncipe heredero Mohammed bin Zayed y con otros dignatarios y empresarios locales.

El presidente “me dijo que era seguro, es un compromiso, desplazará la embajada a Jerusalén, lo hará”, arengó el diputado en tono provocativo, apenas finalizada su gira por Omán, Bahréin y Kuwait.  También escribió en Twitter: “en el camino de regreso a Brasil, me detuve durante 10 horas en Israel para tener el honor de hablar hoy en la inauguración de la oficina comercial de Apex en Jerusalén. Este es el primer paso hacia la transferencia de la embajada”.

El frenesí viajero de Eduardo por Israel y los países del Golfo, simultáneamente a la gravitación del embajador brasileño en Abu Dabi, Fernando Luís Lemos Igreja, contrasta con la inexplicable ausencia del canciller Ernesto Araújo, refugiado en el silencio y relegado a funciones institucionales y protocolares salvo en contadas ocasiones como su reciente gira de trabajo por 4 países del África Occidental.

El efecto arrastre de Brasil

Nadie duda del peso de Brasil y del efecto arrastre que ejerce sobre los demás países del continente. En el caso específico de Oriente Medio esto se verificó a finales de 2010. Bastó con que el gobierno de Lula da Silva reconozca al Estado de Palestina para que otros países del continente sigan sus pasos. La gran excepción ha sido Colombia, cuyo gobierno está demasiado comprometido con Estados Unidos e Israel.

Es verdad que Eduardo Bolsonaro no se ha atrevido a fijar plazos para el traslado de la embajada a Jerusalén, pero asegura que el proceso culminará antes de finalizar el mandato de su padre el 31 de diciembre de 2022. El diputado confía además, en que la decisión de Brasil tenga ese “impacto regional”, alentando a los gobiernos de otros países de la región a seguir los pasos del brasileño.

“Queremos dar este paso en Jerusalén no solo para Brasil sino como un ejemplo para el resto de América Latina”, afirmó el diputado quien abrió además otro frente revelando que el gobierno de su padre proyecta declarar al grupo chiita libanés Herbola como organización terrorista.

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