No a la islamofobia

América Latina: ¿en serio se trata de terrorismo islámico?


Por Hassan Achahbar

El anti-islamismo, ese mal endémico de los nuevos tiempos, se agarra de todo lo que se mueve en busca de ensuciar la imagen del Islam y de los musulmanes. El morbo que genera la islamofobia en América Latina a menudo se retroalimenta del fuerte protagonismo de Irán en la región.

Nadie niega que el régimen de Teherán aprovechó brillantemente sus nexos políticos y sus afinidades religiosas con el chiismo libanes presente en ciertas zonas para hacerse fuerte en el subcontinente, muy en especial en Argentina que es, en el fondo, lo que quita el sueño a los anti-islámicos. El punto, sin embargo, es la amalgama que intereses sórdidos y mezquinos establecen entre el Islam como credo y ese activismo político iraní.

En el marco de ese pensamiento malsano, el diario digital argentino Infobae-América, uno de los tres portales en español más consultados en el mundo, publicó, el 10 de septiembre, el texto de una intervención hecha por un politólogo durante un encuentro en Madrid. No está en el ánimo discutir la cuestionable línea editorial de ese diario, que por cierto, no fija su propietario, el empresario mediático de origen libanés, Daniel Haddad, sino altos intereses corporativos en Nueva York.

Tampocose se trata de extrapolar conclusiones que de por sí, son deleznables. Sí, en cambio, rechazar firmemente el nauseabundo y mal aliento mental e intelectual presente en el ambiente y los deliberados impulsos islamófobos que para transgredir al Islam simulan virtuales escenarios basados en supuestas actividades ilícitas de Irán.

¿O es ético predicar el odio religioso con titulares periodísticos acusatorios como ese de “Terrorismo Islámico en América Latina: Venezuela como base de operaciones” de Infobae, escogido para arremeter contra el Islam usando como excusa los contubernios entre el régimen iraní y el chavismo en Venezuela?

En su descontextualizada ponencia sobre Venezuela,el analista resume en cuatro puntos los objetivos de Irán para América Latina y el Caribe, que, si bien pudieron ser ciertos en tiempos pasados, ya no cuadran en ningún supuesto presente, lo que traduce, a todas luces, que detrás de todo hay gato encerrado.

En su opinión, la amenaza iraní en la región, a través del Hizbola, “se concentra en comunidades chiitas que viven en áreas de libre comercio: Triple Frontera entre Paraguay, Argentina, Brasil; Iquique en Chile, Isla Margarita en Venezuela, Panamá”.

Puede exhibir cuantos títulos profesionales, pero el anti-islamismo para nadie es buen consejero. Lo lamentable es que ve en todo musulmán, tanto él como muchos más obnubilados, un portador de gérmenes de la maldad.  Y de ahí, la obsesión por satanizar a cualquiera que se mueve bajo el cielo latinoamericano con manto y bandera siro-libaneses.

Sean cuales fueren sus credenciales, el analista peca por demasiado conformismo, por lo que debe rever su libreto antes de meterse a “reflexionar”, en serio, sobre la dimensión y la que genera el desafío iraní y no persistir en su simple rol inquisidor y fiscalizador contra el Islam.

La trama iraní en Latinoamérica trasciende los límites del tiempo y del espacio y va más allá de simples topónimos. El trabajo iraní, muy consenciudo por cierto, es algo más profundo y complicado. El apoyo del Hizbola en ciertas zonas del continente puede resultar útil y valioso pero no determinante para los propositivos de Teherán, ambiciosos y para largo plazo.

Por lo pronto, hay que recordar que las Inteligencias norteamericana e israelí, juntas o por separado, jamás pudieron comprobar sus rumores sobre la existencia de “células dormidas” del Hizbola en la Triple Frontera. Incluso tales presunciones han sido categóricamente desmentidas, en su día, por el gobierno brasileño.

También hay que resaltar que en la Triple Frontera conviven en paz miles de chiitas, sunitas y maronitas y, sí bien no hay estadísticas oficiales, las cifras hablan, según las estimaciones comunitarias, de entre 20 y 50 mil personas.  No es el caso, desde luego,  de la Zona Franca de Iquique (norte de Chile), donde se imponen los pakistaníes que para nada responden a los intereses iraníes. Solo que la obsesión por Irán del analista le hace ver chiitas libaneses y la mano del Hizbola hasta en la sopa.

En cuanto a Venezuela, es evidente que la comunidad siro-libanesa, no obligatoriamente chiita, ha crecido durante los últimos veinte años como resultado de nuevos flujos migratorios facilitados por el régimen chavista. Muchos se establecieron en la localidad de Porlamar, en Isla Margarita.

La presencia chiita en esta semidesértica isla del Caribe venezolano se deja sentir nada más salir del aeropuerto “Santiago Mariño”, viendo cómo se asoma una blanca husseinya en medio de la nada. ¿Pero, bastaría para ver detrás de cada roca y cada arbusto de la isla un “terrorista” musulmán?

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