Donald Trump comunica personalmente a Mohammed VI su trascendental decisión sobre el Sahara marroquí

Marruecos-Latinoamérica: hora de barajar y dar de nuevo


Por Hassan Achahbar

Las relaciones entre Marruecos y Latinoamérica se encuentran en un punto de estabilidad positiva, diría excepcional, de cara a sortear las dificultades del pasado y del presente y enfrentar los retos del futuro. Recientemente aún, con Nasser Bourita al mando de la cancillería, se lograron tres grandes éxitos diplomáticos, el retiro del reconocimiento a la virtual República saharaui (Rasd) por El Salvador (junio 2019), Bolivia (enero 2020) y Guyana (noviembre 2020).

El desarrollo de los acontecimientos en el Magreb y el occidente mediterráneo, tendiendo como corolario la decisión de Estados Unidos de reconocer la plena soberanía nacional de Marruecos sobre sus territorios saharianos, aconseja dar otra vuelta de tuerca, otros pasos decisivos en la dirección correcta.

Sin lugar a dudas, el apoyo de Washington a Rabat en un momento de definición crucial, constituye un gesto significativo en la partida de naipes que se juega en la región desde 1975, sin que haya vencedores ni vencidos.

El nuevo reparto toma por desprevenidos a los Generales Bonitos de Argelia y cipayos que tienen todas las de perder, mientras Marruecos está hoy como nunca antes, mejor posicionado y fortalecido.

Obviamente, se da por sentado que el apoyo estadounidense, informado al Rey Mohammed VI personalmente por el presidente Donald Trump, reviste un valor agregado para la causa nacional en circunstancias que difícilmente Argelia podría revertir y mucho menos aprovechar para meter a prueba la resistencia y el temple de la diplomacia marroquí, igual que hizo en otros tiempos, reincidiendo el pasado 13 de noviembre con la presunta y teatral reanudación, desde la distancia, del conflicto armado.

De igual modo, la decisión norteamericana dará que pensar a la decena de países de Latinoamérica y el Caribe, que siguen prestando reconocimiento a la virtual Rasd, en concreto Belice, Ecuador, Jamaica, México, Surinam, Trinidad y Tobago y Uruguay, o que, en determinados casos, se empeñan en apoyar al Polisario, como hacen Cuba, Nicaragua, Panamá y Venezuela.

Es hora pues, de que la diplomacia marroquí se movilice para hacer el resto, ya que lo peor que puede suceder en estas circunstancias, es quedar en la expectativa dejando pasar el tiempo. Una indefinición o una inadecuada adaptación al nuevo contexto geopolítico generaría costos impredecibles y frenaría el impulso dado al proceso de acercamiento al subcontinente americano.

Es notable constatar que la izquierda latinoamericana está acostumbrada a remar a contramano de todas las decisiones de Estados Unidos. Está en su ADN no apenas por la terquedad del castrismo-guevarismo y chavismo, sino remonta a 1823, cuando se acuñó en Washington la Doctrina Monroe: “América para los americanos”.

A lo largo de las dos últimas décadas del siglo XX, Marruecos ha sufrido, suportado y resistido los embates de una feroz agresividad argelina en su contra. Ha ido recuperándose paulatinamente de los golpes encajados, acumulando experiencia y saliendo airoso, con fe y determinación, y con la frente en alto.

Hoy, lo difícil se está superando. No cabe duda que la decisión de Estados Unidas abrirá los ojos para muchos gobernantes del continente, pero al mismo tiempo despertará los demonios de la izquierda castro-chavista. En medio de los desafíos del momento, Marruecos deberá apostar por el remate final, por lo cual necesitará de la presencia en el terreno de cuadros formados y competentes, sobre todo en los países dubitativos y reticentes.

En este afán renovado, mucho serviría la estrategia ensayada con éxito en el África subsahariana, combinando la acción político-diplomática con una fuerte presencia económica, cuidando siempre de los amigos, persuadiendo a los indecisos y enfrentando a los adversarios.

Por ello, es altamente recomendable, por no decir imprescindible, contar con un personal diplomático preparado, al nivel representativo que sea, en todos los países de la región, incluidos los del núcleo duro que, contra viento y marea, todavía responden a los intereses hegemónicos del régimen militar argelino.

¿Qué se puede lograr? Ciertamente, si se procede con inteligencia a una redistribución racional de los recursos humanos y económicos, apoyándose en una coordinación eficaz, centralizada entorno a un probado liderazgo administrativo, dotado él mismo, de autoridad y autonomía decisional.

Puede tratarse de una nueva estructura, una supra-dirección o un ministerio delegado, capaz de asumir responsabilidades, tomar decisiones por cuenta propia, impartir órdenes y no tener que responder sino ante el ministro y nunca ante terceros.  

Hay países que piden con urgencia la presencia de una representación marroquí y en ciertos casos, lo reclaman a gritos, ejemplos de Costa Rica y El Salvador y otros del caribe. También se debe atender indiscriminadamente a Bolivia, Ecuador, Honduras, Uruguay y hasta los intransigentes Venezuela y Nicaragua.

Resulta inentendible, por ejemplo, mantener en operación a la embajada en Panamá, un país cuyos gobernantes dan muestras, reiteradamente, de falta de respeto y de una suprema ligereza, pudiendo Marruecos desplazar parte del personal ahí afectado para atender a las relaciones con Costa Rica.

La sugerencia, como solución media, sería trasladar parte del personal afectado a las embajadas residentes a los países de concurrencia. Eso valdría, por ejemplo, para las embajadas en Argentina (en los papeles concurrente en Uruguay), Brasil (concurrente en Guyana y Surinam), Colombia (concurrente en Ecuador), Guatemala (concurrente en Costa Rica, El Salvador, Honduras y Nicaragua), México (concurrente en Belice), Perú (concurrente en Bolivia). Y lo mismo valdría para Chile, Cuba, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Santa Lucia.

En la misma inteligencia, los países que requieren refuerzos adicionales, como México y Cuba, deberán ser atendidos con urgencia y prioridad. Y no estaría de más reabrir la embajada en Caracas y, de no ser posible, cubrir Caracas a partir de La Habana. Al fin y al cabo, Cuba y Venezuela tienen la misma orientación ideológica y sus decisiones de política exterior son homologadas.

En paralelo, se debe potenciar la presencia marroquí en las dieciséis capitales de la Comunidad del Caribe (Caricom), un bloque compacto en su mayoría anglófono, que en asuntos relevantes de política exterior toma decisiones concertadas y vota unido en Naciones Unidos.  

En la perspectiva de acertar la acción diplomática en la región caribeña, Marruecos debe disponer de más representaciones de modo a contar con la presencia efectiva en todos los países miembros del Caricom, grupo que tiene su sede en Georgetown, Guyana, el último país de la región en sacarle la tarjeta roja al Polisario.

La historia de la infamia

Desde el estallido del conflicto del Sahara, en 1975 hasta el 2000, las relaciones entre el Reino Marruecos y el subcontinente americano fueron evolucionando en función del sello que les impusieron los protagonistas. Durante tres décadas, la diplomacia marroquí se dedicó a apagar los incendios. Fue a partir del 2000 que cambió de estrategia pasando de la autodefensa a la ofensiva. Dicho en otros términos, a Marruecos le costó un cuarto de siglo ponerse al día y revertir los efectos de la propaganda argelina.   

En la primera etapa, que arranca en el año 1975 y abarca las gestiones de los ministros Ahmed Laraki, M’hamed Boucetta, Abdelouahed Belkziz y Abdellatif Filali, Marruecos centró su diplomacia en cómo enfrentar la agresividad argelina. En ese periodo, el accionar diplomático marroquí encajó fuertes reveses como resultado de desaciertos propios y de un contexto geopolítico adverso.

Este periodo, que se extiende hasta fines del siglo y se caracteriza por la emergencia de fuerzas latinoamericanas de centroizquierda e izquierda, arrojó un balance deficitario, con un pico entre 1979 y 1983, años en los que se registró toda una avalancha de indiscriminados reconocimientos a la virtual Rasd.

El detonante no pudo ser otro que el triunfo simultaneo de las guerrillas centroamericanas (en Nicaragua y El Salvador), en 1979, en las postrimerías de la guerra fría, dando nuevas alas a otras guerrillas de Latinoamérica, desde Guatemala hasta Colombia y Perú.

Argelia aprovechó con maestría la corriente izquierdista triunfadora en Centroamérica y los nuevos aires de democracia en todo el continente, para exigir más apoyos para la guerrilla saharaui. En el empeño contó con la complicidad del gobierno español, presidido en su día, por el franquista Adolfo Suarez, en tándem con su amigo panameño el general-presidente Omar Torrijos. Eran tiempos difíciles para la transición post-franquista, complicados por los atentados combinados de los terroristas del Polisario contra los barcos pesqueros españoles y los del Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (Mpaiac).

Curiosamente, el movimiento separatista canario, incubado desde principios de los 60 y dirigido por el abogado Antonio Cubillo, fue reactivado por Argelia en 1975, año de la Marcha Verde. Así Argelia puso a disposición del Mpaiac el programa “La Voz de Canarias Libre”, emitiendo desde Argel para el Archipiélago.

Curiosamente también, esa radio fue silenciada en 1978, tras el atentado terrorista perpetrado en Argel, dejando invalido a Antonio Cubillo. Pocos meses después, llegaban a Panamá los primeros enviados del Polisario para Centroamérica.  Y fue así como el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) reconoció a la Rasd, antes de formar gobierno en julio de 1979.

Como corolario de todo, vino la Cumbre del Movimiento de los No Alineados (Mnoal), celebrada en septiembre de 1979 en La Habana, Cuba, para complicar aún más el panorama, aunado todo a un mal manejo por la diplomacia marroquí de la situación creada.

Fue sin lugar a dudas, el periodo más difícil para la diplomacia marroquí, en el cual intervinieron otros factores exógenos como el fantasma de la implicación castrista y ciertos países del bloque soviético en el conflicto armado, además de la inesperada adhesión, semiautomática, a las tesis argelinas, de parte de los Estados isleños del Caribe, incluidos aquellos enfrentados a la reivindicación por parte de un país vecino como fueron los casos de Belice, reclamado en su totalidad por Guatemala, y de Guyana, cuyas dos terceras partes, las más ricas, revindicaba Venezuela.

En pocos años y como arte de magia, la casi totalidad de los países de la región, muchos ni sabían ubicar en el mapa al “Sahara Occidental”, otorgaron sur “reconocimiento” a la virtual Rasd. Solo cuatro se negaron a seguir el rebano y jamás dieron el paso en falso y estos son Argentina, Bahamas, Brasil y Chile. Obviamente, ni Canadá ni Estados Unidos lo hicieron.

El resto, 29 de los 33 países de Latinoamérica y el Caribe, reconocieron al ente fantasioso, aunque la mayoría se arrepintió luego retirándole dicho beneficio. En 1979 lo hicieron Nicaragua (junio), Panamá y Colombia (mayo), Granada (agosto), Jamaica, Santa-Lucia, Dominica, Guyana y México (septiembre). siguieron Cuba (enero 1980), Costa Rica (octubre 1980), Surinam y Venezuela (agosto 1982), Bolivia (diciembre 1982), Ecuador (noviembre 1983), Perú (agosto 1984), Guatemala (abril 1986), República Dominicana (junio 1986), Trinidad y Tobago y Belice (noviembre 1986), Antigua y Barbuda y San-Cristóbal y Nieves (febrero 1987), Barbados (febrero 1988), Honduras (noviembre 1989), Paraguay (febrero 2000), San Vicente y las Granadinas (febrero 2002). Cierran la lista, llegando demasiado tarde a la cita con la historia, los gobiernos del Uruguay (diciembre 2005) y de Haití (noviembre 2006).

Entre estos países, una veintena congeló o retiró, en sucesivas fechas, el reconocimiento para volver a reanudarlas, incluidos dos records continentales: el Paraguay y El Salvador. El primer reconocimiento por el país guaraní duró apenas dos meses: entre mediados de febrero y abril del 2000. Más adelante, en agosto de 2011, Asunción reanudó con el separatismo hasta rectificar nuevamente el tiro en enero de 2014.

En ambas decisiones intervinieron los mismos personajes: el “Mariscalito” Estigarribia, un corrupto entre los más corruptos, y Jorge Lara Castro. Por su parte, El Salvador mantuvo relaciones con la presunta Rasd entre julio 1989 y julio 1997 y entre noviembre 2010 y julio 2019.

Año 2000, punto de inflexión

El cambio en la tendencia empezó en los años 90 y tomó su verdadero impulso en el 2000, antes de cumplirse el primer año del reinado de Mohammed VI. Ese mismo año, el nuevo monarca dio el puntapié de una nueva política de aproximación, enviando a su primer ministro, Abderrahmane El Youssoufi a Colombia, Chile y Argentina, y en 2002 a México. El punto de inflexión lo marcó la gira real por México, Brasil, argentina, Chile y Perú en noviembre-diciembre de 2004.

Un año antes de emprender su gira, Marruecos nombró nuevos jefes de misión, en su mayoría hispanoparlantes originarios de Tetuán, Tánger y el Sahara: Youssef Amrani, tangerino, desembarcó en Chile, proveniente de Colombia, donde lo remplazó en Bogotá, el saharaui Mohamed Maoulainine.

Durante su misión en Bogotá (1996-1999), Amrani realizó una excelente labor coronada en 2000 con el retiro del reconocimiento de Colombia a la virtual Rasd. En Santiago, Amrani recibió la visita de Abderrahmane El Youssoufi, y apenas nombrado en México (2001-2003), reincidió promoviendo el segundo viaje del Premier a Latinoamérica, en 2002.

Otro saharaui, Ibrahim Moussa, encabezó la representación diplomática en Venezuela en el año en que el militar Hugo Chávez se instaló en el Palacio de Miraflores después de ganar las presidenciales de 1998. No supo manejar la situación. Debió ser removido, pero no fue así. En enero del 2009, Marruecos acabó cerrando su embajada en Caracas trasladando la sede a Santo Domingo, en República Dominicana.

Hablando de diplomáticos saharauis, el más brillante de todos, Mohamed Mael-Ainin, hizo su debut como embajador en Buenos Aires a mediados del 2000, marcando con tinta indeleble las relaciones del Reino con Argentina.

Mael-Ainin, guardando siempre el perfil de quien se sabe fuerte  seguro, cumplió a cabalidad, contribuyendo a sentar las bases para una inmejorable relación bilateral que ya se venían fortaleciendo desde el inicio de los 90, sobre todo con motivo de la visita realizada a Rabat en 1996 por el presidente Carlos Menem.

Simultáneamente, empezaron, las giras por Latinoamérica del ministro de asuntos exteriores. Nombrado por Hassan II en abril del 1999 y confirmado en el cargo por su sucesor Mohammed VI, Benaïssa jugó un papel de primer orden en el cambio de una tendencia que se venía gestando desde principios de la década de los 90. También hispanista, se apoyó en un equipo de profesionales, entre ellos los embajadores Youssef Amrani y Salaheddine Tazi.

Con anterioridad, el Reino había acertado la nominación en 1985, del también hispanista, Mohamed Larbi Messari, como embajador en Brasilia para acompañar los cambios durante la transición democrática tras dos décadas de dictadura militar (1964-85).

En 1996, el embajador en Perú, Taieb Chaoudri, superaba sin alardes, el reto de convencer a un gobierno del peso del peruano, de congelar las relaciones con el separatismo saharaui. El diplomático marroquí, que llevaba apenas dos años en el puesto. El tetuaní llegó a ser, además, uno de los mejores amigos de la familia del presidente Alberto Fujimori. Perú se convertía así en el tercer país de la región en cerrar el paso ante los separatistas del Polisario, después de Santa-Lucia y Dominica, en 1989.

Con México, costó mucho esfuerzo avanzar en la relación bilateral. En abril 1990, los dos países acordaron elevar esa relación a nivel de embajadas residentes.

La decisión de cerrar la embajada mexicana en Addis Abeba, capital etíope y de la Unión Africana (UA), para poder abrir en Rabat, hablaba por sí sola de las buenas intenciones del presidente Carlos Salinas de Gortari. Sin embargo, el gobierno mexicano se quedó corto al no echar fuera al representante del Polisario. Temía, a un “linchamiento” por parte de la izquierda, por entonces representada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD, hoy en el gobierno). 

México no expulsó a los separatistas, pero se comprometió a reducir, y así hizo, su representación a un nivel inferior al de una “embajada”. Un primer paso que, desafortunadamente, no tuvo continuidad y el seguimiento diplomático necesario para el remate final, sobre todo luego del primer relevo entre las administraciones priista y panista, en diciembre del 2000.

De nada serviría repartir las culpas. Lo cierto es que, en tres décadas, Marruecos no acertó reabrir el caso. A la diplomacia marroquí le faltó contundencia a la hora de la ofensiva final. sobre todo, durante el sexenio del panista Vicente Fox (2000-2006), cuyo equipo de gobierno se decía en la mejor condición para romper definitivamente con los separatistas.

Otro lamentable desacierto ha sido el de la Venezuela chavista. Las relaciones con Caracas se han ido empeorando a partir del 2002 para tocar fondo en 2007. Pese a todo, Marruecos mantuvo en el puesto a un diplomático fracasado, Ibrahim Moussa, un inexplicable error del canciller Mohamed Benaïssa. Habrá que esperar el relevo a la cabeza de la cancillería para que el nuevo ministro, Taieb Fassi-Fihri, zanje el asunto, optando, en enero del 2009, por desplazar la sede de la embajada a Santo Domingo, República Dominicana.

Fassi-Fihri no manejaba el español con la misma facilidad que Benaïssa, pero mantuvo la dinámica de los contactos directos inaugurada en 2000, realizando no menos de cinco desplazamientos por igual número de países de la región, una tradición que se dejó de lado a partir del 2012.

Hoy, son 18 los países que le retiraron el reconocimiento al ente separatista saharaui, incluidos los records del Paraguay y El Salvador. Los países que se retractaron una vez por todas han sido Santa-Lucia (marzo 1989), Dominica (abril 1989), Perú (octubre 1996), Honduras (enero 2000), Costa Rica (abril 2000), Colombia (diciembre 2000), República Dominicana (abril 2002), Guatemala (julio 2002).

Cerrando esa “década ganada”, ya bajo la gestión de Taieb Fassi Fihri, se agregaron Antigua y Barbuda (agosto 2010) y Granada y San- Cristóbal y Nieves (agosto 2010). En tiempos de Saadeddine Othmani se agregaron Barbados, San Vicente y las Granadinas (febrero 2013), Haití (octubre 2013) y Paraguay (aunque no se concretó formalmente hasta enero de 2014). Salaheddine Mezour tiene a su haber el bochornoso caso de Panamá.

Sería tarea titánica convencer a Cuba y Venezuela. En cambio, alcanzaría una buena dosis de gracia para encaminar las relaciones con países desideologizados como Belice, Jamaica, Ecuador, Surinam, Trinidad y Tobago, Uruguay y hasta México. En cuanto a Panamá, sinceramente, me queda un océano de dudas.

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