Mienten mirándose a la cara

Entre España y Marruecos, sólo grandes mentiras


Por Hassan Achahbar

La mejor época en la que España y Marruecos estuvieron relativamente en harmonía y paz vecinal ha sido durante el último cuarto del siglo XVI, en tiempos de Ahmed Al Mansur y Felipe II. Por el resto, siempre hubo rivalidad, desconfianza y resentimientos entre el norte y el sur del Estrecho de Gibraltar.

En su constante ir y venir como “potencia”, los españoles, hoy desplazados de los centros de decisión en el mundo, vuelven a descargar contra el vecino inmediato, en forma de desprecio, sus complejos de antiguos conquistadores. Las cosas venían bien durante varios lustros, hasta el 10 de diciembre del 2020, cuando el expresidente norteamericano, Donald Trump, decidió sorpresivamente reconocer la soberanía de Marruecos sobre su Sahara, sin dar aviso a la “ex-potencia colonizadora”. Todo un reto.

El enfado español se reflejó en la reacción del Palacio de Santa Cruz y en las planillas de los medios peninsulares que vieron en el creciente acercamiento entre Rabat y Washington una amenaza a los intereses estratégicos españoles. Primero se intentó minimizar el alcance del transcendente anuncio. Se olvidaron, y nadie se encargó de recordárselo, que antes de subirse al carro de la OTAN y de la Unión Europea, en enero de 1986, España se tuvo que plegar y doblegar su política internacional al establecimiento de las relaciones con Tel Aviv.

En este patético trance, no hay que olvidar que Marruecos y España están transitando por la senda del centenario de Anual 1921, una efeméride que se conmemorará el próximo mes de julio y que trae oscuros y tristes recuerdos a los revoltosos vecinos del norte. Y no es para menos. Hace un siglo, la España imperial cayó de rodillas en el Rif. Fue el mayor desastre de su historia militar, difícil de digerir u olvidar y ni con la adhesión a la OTAN lo puede superar.

Cien años después, los españoles siguen apestando a Inquisición, con el odio y el rencor a flor de piel. Están igualados en la agresividad vascos, aragoneses, gallegos y cruzados sevillanos. Nadie se traga el cuento de hadas sobre los motivos de España para acoger al renegado saharaui, Brahim Ghali, cuyo ingreso furtivo fue negociado con la junta militar de Argelia a espaldas de Marruecos.

La simulada guerra que, hoy, enfrenta a los dos países no es en el sentido pretendido por los medios españoles, sino el reflejo de un pasado tormentoso y un futuro incierto. Es el permanente acomodo de placas tectónicas en el Estrecho.

Todo empezó a mediados de abril con esa jugada hispano-argelina, como corolario del anuncio de Washington sobre el Sahara y como un juego de escondidas para evaluar la estrategia de España y medir las respuestas de Marruecos.

En ese juego se miente por oficio. Resulta patética, por ejemplo, la diarreica prosa mediática española. Aquí, mienten los oficiales, los políticos, los tertulianos, los intelectuales, los mendigos-blogueros. Todos mienten sin remordimientos y sin pudor. Lo malo es que sus mentiras son creídas y alegremente reflejadas sin filtro alguno en la narrativa especulativa marroquí.

Los grillos vascos, catalanes, gallegos, manchegos, asturianos, baleares y canarios andan de fiesta cantando. Los sainetes andaluces y saltimbanquis levantinos bailan por las escarpadas laderas de un riachuelo mediterráneo infestado de tiburones imaginarios, espantando moscas y murciélagos, al son campeador.

Con el dedo, se tapa el sol. “Viva el Mar”, gritó en Málaga aquel afortunado soldado sobreviviente del desastre de Anual, porque sin el Mediterráneo los Moros estarían rondando Córdoba y Madrid. Pero el Mediterráneo ya no ofrece protección. El charco ha perdido su majestuosidad, lo mismo que las vallas de Ceuta y Melilla.

Es lamentable no poder vislumbrar entre los reflejos de los españoles más que esa parodia de la rabia reprimida, ese odio destilado y esa desconfianza innata en sus ojos y corazones. También es lamentable que, de este lado de la cancha, los nuestros, políticos, expertos y analistas, se desdibujan dejándose llevar por la ira del instante y el sentimiento de fastidio y coraje. Doloroso constatar que, entre el montón, nadie acierta interpretar los viejos adagios ibéricos.

Llevamos más de un siglo de confrontación y seguimos delirando, sin toma perspectiva en el pensamiento histórico. Entre España y Marruecos, sólo existen grandes mentiras. Se necesita más que la superficialidad de nuestros improvisados comentaristas para poner el reloj a la hora.

A los medios españoles, les creemos sus mentiras, ocurrencias y recurrencias. Andamos rivalizando en la mediocridad haciendo lio con nuestros propios deshechos, saltando de cuerda a cuerda y de rama a rama como los monos de Gibraltar.

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