Pedro Sánchez

La pauta a seguir para mejorar la relación entre España y Marruecos


Por Hassan Achahbar

España y Marruecos han anunciado, la pasada semana, el inicio de una nueva etapa en su relación bilateral, que se desarrollará en el marco de “una hoja de ruta clara y ambiciosa” con miras a “garantizar la estabilidad, la soberanía, la integridad territorial y la prosperidad de nuestros dos países”.

“Hoy iniciamos una nueva etapa en la relación con Marruecos basada en el respeto mutuo, el cumplimiento de los acuerdos, la ausencia de acciones unilaterales y la transparencia y comunicación permanente”, informó el gobierno español en comunicado del 18 de marzo.

El inesperado paso al frente del jefe del ejecutivo español, respaldando plenamente la iniciativa marroquí de autonomía para el Sáhara como la forma “más realista” de resolver un conflicto añejo y, durante varias décadas, atascado en Naciones Unidas, supone un giro radical en la postura tradicional de Madrid, hasta ahora plegado a los caprichos de Argelia y demasiado condescendiente con las sabandijas separatistas del Frente Polisario.

Por el momento, el anuncio no ha merecido destacados espacios en los grandes medios internacionales, en especial de Latinoamérica. El importante viraje en la posición española ni siquiera es tema de portada en los órganos oficiales de los países aliados de Argelia. Apenas algunos recortes de agencias son reproducidos por las publicaciones de sello vasco-español, hechas a medida y mantenidas a golpe de cheques argelinos.

En Cuba, la agencia oficial Prensa Latina, desamparada ante la falta de un pronunciamiento público, ha repetido título en dos días consecutivos, mientras que el diario Granma, el influyente portavoz del Partico Comunista de la isla, se ha limitado a citar en el mismo sentido un reporte del canal venezolano Telesur haciendo eco de las críticas a España “luego de que La Moncloa avalara la propuesta de autonomía de Marruecos para el Sahara Occidental”.

En el resto del continente, el vacío informativo es enorme. Con otras preocupaciones prioritarias y ya hartos de los falsos positivos, los países latinoamericanos se mantienen al margen de la controversia. Apenas se ha registrado un apresurado pronunciamiento por encargo del oficialista Partido Revolucionario Democrático (PRD), de Panamá, que rechaza la decisión española y respalda al Polisario.

En la propia España, hay opiniones para todos los gustos y colores, aunque pocos son los políticos y los analistas que atinan descifrar el porqué de la decisión de La Moncloa, hoy y no ayer, habiendo habido en el pasado tantas oportunidades para hacerlo. El golpe de timón de Pedro Sánchez ha desconcertado a todos. En contra están los deslumbrados de Unidas Podemos, socio minoritario del Partido Socialista en el gobierno de coalición, los nacionalistas-separatistas vascos, catalanes y canarios, los comunistas, los falangistas, los ultras y, obviamente, las muy descolocadas ONGs “solidarias” con el “pueblo saharaui”.

En el seno de la derecha conservadora sobresale la voz discordante del hombrecillo de las “armas de destrucción masivas” en Irak, el exdirigente del Partido Popular y expresidente del gobierno, José María Aznar, amplificadas por voceros tradicionales del falangismo tales como ABC, La Vanguardia, Europa Press y muchísimas más publicaciones de corte racista y fascista.

Lo dije y lo vuelvo a recordar: España, causa y origen del conflicto del Sahara, se ha aprovechado durante medio siglo de los necios gobernantes de Argelia para denostar a Marruecos, su principal y único rival histórico en la región. Insisto: por mucho que los corsarios de Argel intenten mantener a flote el barco, sin el involucramiento y la consuetudinaria maldad de los ibéricos, el ilusorio sueño separatista saharaui es agua pasada.

El ministro de asuntos exteriores, José Manuel Albares, anunció el 23 de marzo en el Congreso que viajará a Marruecos el próximo 1 de abril para preparar una futura visita de Pedro Sánchez a Rabat, en el marco de la normalización de las relaciones diplomáticas entre los dos países.

Que quede claro que el “volantazo” de Pedro Sánchez sobre el Sahara no es una concesión a Marruecos y mucho menos un regalo. De abrirse la nueva vía de dialogo, Rabat debe poner sobre la mesa todos los temas de la relación bilateral, incluida la violencia institucionalizada que se esconde detrás de los lobbies mafiosos mal llamados “asociaciones de solidaridad con el pueblo saharaui”.

No se puede obviar que el apoyo sistemático al separatismo saharaui en España se materializó a través las ONGs “solidarias”, creadas por los servicios de Inteligencia españoles con el inconfesable objetivo de mantener a raya a sus vecinos norteafricanos, al estar permanentemente ocupados en sus problemas vecinales.

Tampoco se puede perder de vista la actuación por libre de todo un ejército de delegados del Polisario, una organización político-militar que opera sin límites de movimientos y sin ningún tipo de restricciones en todos los rincones de España, instigando y recabando financiamiento para operaciones contra Marruecos.

Pedro Sánchez es un truhan político y debe tener buenas razones por haber decido tomar el toro por las astas. Sean cual fueren esas razones, su anuncio promete dar de qué hablar, trastocando los parámetros geopolíticos tradicionales y desafiando grandes intereses lobistas tanto en España como en el mundo latinoamericano.

Por lo pronto, la decisión de La Moncloa cayó como un balde de agua fría en la cabeza del Frente Polisario y, a la postre, demostró que, pese al incesante cacareo de sus generales, Argelia ni pesa ni pinta gran cosa en el tablero regional. En cierta forma, Pedro Sánchez se vengó contra quienes le dejaron solo durante el año de crisis con Marruecos, luego de acceder a atender al jefe de las milicias del Polisario, Ibrahim Ghali, en un hospital de Logroño.

Pero el juego acabó. Llamar a consultas al embajador de Argelia en Madrid ha sido el único acto de valentía de los generales de salón que, con sus recurrentes amenazas mantienen en vilo a toda la región del Mediterráneo occidental. El poder de facto en Argelia ya cerró un primer gasoducto que suministraba el gas a España. ¿Se atrevería a desconectar el segundo gasoducto o tal vez volvería a incitar al separatismo canario como en 1976-78?

Recordemos que tras la firma de los Acuerdos de Madrid y la Marcha Verde de 1975, Argelia atacó frontalmente los intereses de España. Sacó del olvido al Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (Mpaiac), creado en Argel en 1964, y convenció a su líder Antonio Cubillo para cometer atentados terroristas en España. Mientras, arreciaban los ataques del Frente Polisario a los barcos pesqueros españoles en el banco sahariano y, en paralelo, se instaló la descolonización del archipiélago canario como tema de debate en la Organización para la Unidad Africana (OUA).

Sin embargo, todos los atentados contra los intereses españoles en mar y tierra cesaron en 1978, el año en que Argelia también desactivó el Mpaiac y clausuró su emisora “La Voz de Canarias Libre” que emitía desde Argel para el archipiélago canario. Antonio Cubilla, mutilado durante un atentado terrorista perpetrado en Argel en 1979, pasó el resto de sus días en silla de ruedas hasta su fallecimiento en 2012.

En el mismo año, el entonces presidente del gobierno español, Adolfo Suarez, viajó a Argel para hablar del Sahara y sellar el pacto anti-marroquí, aceptando recibir al jefe del Polisario, Mohamed Abdelaziz. En su edición del 30 de abril de 1979, el diario El País reportó que “la crisis política y militar del Sahara constituye el núcleo central de las conversaciones que el presidente del Gobierno español, Adolfo Suárez, inició ayer en Argel con el primer ministro de este país, Mohamed Abdelghani, y el secretario general del Polisario, Mohamed Abdelaziz, en el curso de su visita oficial a Argelia, que comenzó en las primeras horas de la mañana del lunes”. “Se trata de lograr la autodeterminación del pueblo saharaui”, afirmó textualmente Suárez.

El gobierno de Pedro Sánchez seguirá siendo blanco de ataques por parte de todos aquellos que, dentro y fuera de España, se ganan el pan de cada día “solidarizándose” con el “pueblo saharaui” y tienen, por tanto, un gran interés en mantener el statu quo en la región.

Hoy, Pedro Sánchez marca la pauta a seguir al cambiar las reglas del juego y darle nombre propio al conflicto del Sahara, más allá de las reiteradas y aburridas declaraciones de una izquierda sin causa, de los nacionalistas vascos y catalanes y de las mafiosas ONGs “solidarias”.

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